Y la ciudad se llenó de fumadores.

Ricardo Romero

Pasada la medianoche del martes, después de la lectura de Levín en Mantis (de él y de los otros, Verissimo y Osvaldo: lecturas para colecccionar), salimos unos cuantos a buscar un lugar a dónde comer. El único bar abierto era un pool con las sillas y las mesas recién barnizadas. La mesa se nos pegaba a las manos, pero había hambre. Pedimos pizza y cerveza negra. Funes prendió un cigarrillo. La moza se volvió y le pidió que lo apagara como si fuera una enfermera que hace "shhhhhhhh". Funes hizo "shhhhh", preguntó si lo podía apagar en el piso, y lo apagó. Las dos chicas de la mesa, después de comer, tuvieron que salir a fumar. Yo las seguí con la vista, y me quedé un rato mirándolas, sentadas de espalda contra los cristales del bar. Ellas volvieron a entrar y volvieron a salir. Otros tantos hicieron lo mismo. Mientras Miguel, Mairal y Coelho jugaban al pool y Funes se encargaba de meter la bola blanca cuando no debía, me dediqué a observar la procesión de fumadores. Los fumadores acompañados no son problema, dos personas que salen a fumar no son dos fumadores, son dos personas que salen a fumar. De hecho, no creo que exista el plural para la palabra "fumador". O sólo existe como un ejercicio de la imaginación, que los conjuga a todos en un mismo tiempo pero no en un mismo lugar, una torpeza más de nuestra manera de nombrar a las cosas. Fumadores. Me preocupa pensar en ellos, a la noche, en las calles vacías. Fumador. Me pregunto si los que aprobaron esta ley intuyen el riesgo que puede significar dejar a los fumadores a la intemperie, solos con sus pensamientos. La cosa se puede poner muy peregrina. Me imagino una ciudad llena de hombres y mujeres que han salido a fumar un cigarrillo a la puerta de los bares, los restaurants, los pubs. Pensando y pensando. Parece el principio de algo, aunque no sé de qué. Una escena perdida de algún policial negro. Uno de esos momentos muertos que habitan las historias (y ahí habitan, claro, los fumadores, los orinantes de baldíos, los comensales solitarios de un huevo frito al final de la madrugada, los que cambian el rollo de papel higiénico). Algo se puede romper, algo siempre se puede romper. (alguien apagará el cigarrillo pero nunca nunca volverá a entrar). Yo, por lo pronto, voy a seguir acechando.

3 comentarios:

molina dijo...

Grosso debut, Romero. Y ojo: el blogueo es un viaje de ida.

Funes dijo...

me impresionó el relato y la idea... si fuera un novelista de planeta, ya la hubiera robado

Anónimo dijo...

muybiendiez romero

lucio