Tantos payasos como fueron necesarios

Terminé de escribir el texto que iba a leer en la parte seria de la presentación, y vi las ocho menos veinte en el reloj. Romero me dijo que iba a estar ahí desde las ocho. Me lo imaginé nervioso y me puse nervioso. Me tomé el 24. Llegué a Bartolomeo (el viejo y querido, casi a pesar de sí mismo) a eso de las ocho y cinco. El Hombre de la Noche estaba casi solo, acompañado por una pila de libros muy bonitos, con una tapa que es como de un dibujo de Rep pero mejor.
Muy lindo el libro, che. Sí, lo recibí a las seis y cuarto de la tarde. Qué cosa. Y, sí. También había un tipo parecido a Lavagna que le conversaba.
Empezaron a llegar: Odiseo, otro que veo siempre pero no sé como se llama, y uno que escribe en la revista Oliverio y se parece a alguien pero no sé a quién. Saludos. Cervecita. Después llegó Eugenia con cara de cansada tuve mucho trabajo.
Eso está bueno en este tipo de encuentros: ver las caras de cansancio mucho trabajo que llegan al comienzo de la noche, y ver la transformación, el cansancio muy divertido, el cansancio borracho, el olvido del cansancio y la apuesta colectiva a sumergirse en la noche, toda la noche que sea necesaria. Todo ese esfuerzo junto (porque ahora somos muchos) me eriza la piel cuando, en algún rapto de deslizamiento de la perspectiva, lo puedo ver un poco desde afuera. Da la impresión de una energía de potencial terrorista.
Pero antes ¡Telerman! El hombre Teler, El Intendente Calvo, Se Vino la Telermanía.
Salgo a la puerta de Bartolomeo, cervecita en mano, a fumar un cigarrillito. Pero el mozo, el hobbit del cuello tatuado me avisa que ni eso: no se puede salir con el vaso, por la municipalidad. ¿La mu ni ci pa li dad?
Entonces toda la noche: juntar mucha cerveza en el buche, como un hamster que tenía cuando era chico que se metía toda la zanahoria en la boca de una sola vez y la iba comiendo durante el día, y salir a fumar. El tema es que uno fuma, viene otro que empieza a fumar lo suyo a la mitad del cigarrillo de uno, lo apago, me quedo charlando con el otro, y cuando el otro termina su cigarrillo yo prendo uno y así. Además, afuera siempre es más lindo. Fue llegando la gente, como siempre, de a poco hasta que en un momento llegan todos.
Llegó Pablo Ramos, el otro presentador oficial, con cara de pocos amigos, o de muchos amigos y no quiero ponerme a saludar a todos. Justo su mujer tenía una función ( creo que una función de algo vinculado al arte, no creo que se haya dado cuenta justo de la función que cumplía en su vida, o en la sociedad) y no la podía ver.
Eran las nueve y pico, ya había mucha gente y Romero, nervioso, y Ramos, ansioso, querían empezar a toda costa. Impuse mi condición: si no está el quinteto entero, no empiezo. Hasta que no llegue Molina no empiezo. Así empecé con mi táctica escapista, mejorada cuando descubrí que, si en lugar de salir a fumar por la puerta de entrada, salía al pasaje por la otra puerta, podía tomar y beber en el mismo lugar. Mi lugar en el mundo, para que no me sobre siempre un brazo, colgando inútil.
Media hora antes, al descubrir que el público no era el que me había imaginado mientras escribía el texto sino que estaba compuesto casi en su mayoría por gente 'grande' y desconocida para mí, fue que me empecé a poner un poco nervioso: mi debut en la lectura pública de textos no ficcionales, después de mucho tiempo de no escribir nada que no sea ficción. Fumé, bebí, fumé, bebí, hasta que me avisaron: 'llegó Molina'. Y bueno. Terminé el cigarrillo y me mandé. Romero estaba exultante y exultado. Nos subimos al escenario de bartolomeo. Romero me presentó como maestro de ceremonia, pero le di vuelta la tortilla y me dediqué solo a lo mío. Un ensayo, raro, entre combativo y humorístico, que surgió de la lectura de su libro y de su persona.
Romero es grosso.
Apenas dije le estupidez, de la que suelo mofarme, de '¿se escucha bien, allá?', cuando escuché que lo dije en serio y noté que mi tono de voz era un poco más alto que el acostumbrado, me supe nervioso y arremetí.
(El texto es este, aprovecho la ocasión para revitalizar mi bloc personal)
Después habló Pablo, Ricardo agradeció, contó anécdotas, cursileó un poco, sin dejar de regodearse en su propio nerviosismo tímido.
Terminada la parte oficial. Pero ¿Y Gorostiza? Faltaba el Facu, el todo músico, el sexto del quinteto y su guitarra. Llegó. Durante su show, siempre un poco más que lo que uno recuerda y se atrevería a pedirle a humano alguno, se produjo la rotación: se van los que hasta acá llegaron y se quedan lo que se olvidaron de mañana. Me subí un rato al escenario, canté algunos ruidos con Facu, cantamos todos, se bailó y se buscó el fin de las botellas de vino traídas para la presentación. Entonces nos fuimos al barcito ese. Juntamos unas cuatro o cinco mesas en la calle, pedimos las cervezas, unos sánguches épicos y todo empezó de nuevo y distinto, modificado. Facu volvió a sacar la guitarra: dios mío. Cánticos musicales y de los otros, rimas coreadas de la tribuna del quinteto. En otra mesa, un tal Gastón cumplía años. Romero miraba todo desde la cabecera, emocionado, desgastado también, y compartiendo raptos de histrionismo hasta el momento prolijamente escondidos. Miguel descubrió su faceta de payador implacable. Facú siguió tocando hasta el final, guardando y desguardando la guitarra. Fuimos tantos payasos como fueron necesarios.
Ya era tarde.

Es como contar un sueño, porque desde un momento que suele percibirse muy preciso pero es irrecordable, todo empieza a anotarse en la memoria de esa manera, en las arrugas, en la parte olvidadora de la memoria que es la parte inteligente, la parte humana. Y se recuerda con la textura de las películas de David Lynch, y como se recuerda a Laurita Palmer, y al recordarla se le devuelve la vida.
Hoy me acuerdo de ayer, revisito la dedicatoria de Romero en el libro presentado y me pongo estúpidamente contento.
Contento de que esto siga pasando.

2 comentarios:

funes dijo...

y yo que me pongo contento de volver a leerte en un blog, man.

Ricardo Romero dijo...

Nochezón la del martes. Y qué manera de brindar. Casi que me da vergüenza ostentar tanto lugar nuestro.
(Che, que no había tanto jovato)