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5 de septiembre
Por Ricardo Romero
Al amigo Levín lo seduce mucho muchas cosas, y eso está bien aunque a veces afecte la salud. Pero una de las cosas que más lo seducen es interpretar minuciosamente la naturaleza evasiva de una fiesta. Cómo es una fiesta, de qué manera se enrarece y se enciende y las reglas no sólo se distienden sino que también se extrañan. No sólo hay variopintas transgresiones en una fiesta, sino también peregrinísimas perversiones. Porque pervertir, a veces, es ser obscenamente puros. Demagógicos hasta el abrazo. Y sí, todo esto para decir que la otra noche, en el Pa
cha, leímos a Molina. Para decir que fue una fiesta en la que un colombiano ignoto pasó al frente para decir que hace cuatro meses que está en la Argentina, y que en esa noche se sintió por primera vez en casa. Salud, colombiano, nosotros sentimos lo mismo, y aunque no sea la primera vez, no deja de sorprendernos que nuestra casa esté tan ahí, tan de repente. La piñata explota y entre caramelos y chucherías la alegría es mansa como un paisaje de tregua (y lo bueno es que cada uno mira su paisaje, para mí puede ser el sol brillando en un remanso del río Paraná, un lago escondido en el sur o la sonrisa de Romina, pero para otro es otro y el mismo). Leímos a Molina, cocinamos, comimos guiso, nos reímos juntos y por separado mientras el Traful de Simón iba y venía. Y Molina entró con vincha y maltrecho, como el Chapu Nocioni que volvió a enseñarnos en los juegos olímpicos lo que es hacer las cosas con amor. Y lo hizo con amor, Molina, y brindamos con él. Breve, sin aspavientos, intensamente preciso, el Flaco puso su vida ahí porque necesitaba hacerlo. Y Funes, Oyola, Levín y yo jugamos a ser Molina un rato con esa devoción por el juego que a veces todavía somos capaces de poner. Qué lindo que las fiestas no tengan necesariamente que enfermarse de euforia, ¿no Levín? En fin, que por eso salud otra vez, muchachos, gente, y que sigamos encontrando en la literatura la tregua exacta y jubilosa para la amistad.
cha, leímos a Molina. Para decir que fue una fiesta en la que un colombiano ignoto pasó al frente para decir que hace cuatro meses que está en la Argentina, y que en esa noche se sintió por primera vez en casa. Salud, colombiano, nosotros sentimos lo mismo, y aunque no sea la primera vez, no deja de sorprendernos que nuestra casa esté tan ahí, tan de repente. La piñata explota y entre caramelos y chucherías la alegría es mansa como un paisaje de tregua (y lo bueno es que cada uno mira su paisaje, para mí puede ser el sol brillando en un remanso del río Paraná, un lago escondido en el sur o la sonrisa de Romina, pero para otro es otro y el mismo). Leímos a Molina, cocinamos, comimos guiso, nos reímos juntos y por separado mientras el Traful de Simón iba y venía. Y Molina entró con vincha y maltrecho, como el Chapu Nocioni que volvió a enseñarnos en los juegos olímpicos lo que es hacer las cosas con amor. Y lo hizo con amor, Molina, y brindamos con él. Breve, sin aspavientos, intensamente preciso, el Flaco puso su vida ahí porque necesitaba hacerlo. Y Funes, Oyola, Levín y yo jugamos a ser Molina un rato con esa devoción por el juego que a veces todavía somos capaces de poner. Qué lindo que las fiestas no tengan necesariamente que enfermarse de euforia, ¿no Levín? En fin, que por eso salud otra vez, muchachos, gente, y que sigamos encontrando en la literatura la tregua exacta y jubilosa para la amistad.*
Tantas reseñas como sean necesarias
Por Funes
El otrora blogger y actual reseñador del suple cultural del diario gerenciado por grandes empresarios sin escrúpulos, publicó hace unos días una reseña del libro de nuestro amigo de campañas Ricardo Romero: Tantas noches como sean necesarias.
Aquí se lo rescata ya que dicho autor no tiene blog.
Y para que no vayan hasta Mavrakis, quien ya no escribe posts sino que publica las notas que han sido editadas en revistas o diarios... algo que respeto pero no comparto.
Aquí se lo rescata ya que dicho autor no tiene blog.
Y para que no vayan hasta Mavrakis, quien ya no escribe posts sino que publica las notas que han sido editadas en revistas o diarios... algo que respeto pero no comparto.

Publicado en Cultura, del diario Perfil, 1-4-07
Tantas noches como sean necesarias
Autor: Ricardo Romero. Género: cuentos. Otras obras del autor: Ninguna parte. Editorial: Gárgola, $22.
Nicolás Mavrakis
Hay dos libros de cuentos: los que buscan una concatenación de efectos distintos y los que encuentran uno permanente hasta el final. Tantas noches como sean necesarias, de Ricardo Romero (Entre Ríos, 1976), es de éstos. Su unidad de sentido, el nocturno. Un motivo que, como en la poesía romántica, desvanece las fronteras objetivas del mundo exterior para vivificar y excitar las subjetivas del mundo interior. El de los payasos perdidos en un barrio infernal; o el del soldado Wolf, que lee los pestañeos de un tubo fluorescente en una fábrica abandonada.
Si una noche infinita marca la conexión entre los sonámbulos de cada historia –deportistas exiliados, hermanas insomnes, enfermos caníbales-, también en ella se emplaza un Buenos Aires sutilmente desdibujado para ingresar a la categoría de lo siniestro.
Está la huella del cuento fantástico clásico en “Algo así como un viejo mendigo ciego”, por ejemplo, cuya atmósfera brota de una justa sucesión de palabras –espectro, mago, farsante- de la gente encerrada en un bar, que no logra describir lo que sucede. Pero ni la sintaxis de Romero –estilizada como en una traducción- ni las tramas de sus cuentos se interesan en el desapego de la tradición. Sí en sus propias posibilidades de explorarla y, a veces, enriquecerla. En ese sentido, los modos en que acopia y describe objetos y vínculos cotidianos con el don de narrar los detalles que orbitan alrededor de cada personaje son un punto clave. “La memoria de los objetos es imparcial, y para ellos el rencor es otra cosa”, dice la historia de un sujeto obsesionado con el falso suicida de una terraza. Amparados por la noche, esos flancos diarios –lo pequeño, lo fugaz-, aciertan el pasaje para absorber la irrealidad, la angustia y la alucinación que trasunta cada página del libro.
Etiquetas:
Prensa y Difusión,
Romero
Tantas reseñas como sean necesarias
Por Funes
Al parecer la muchachada genial de la revista popular se puso las pilas y en el número que tiene la tapa que se ilustra, pusieron una reseña del libro al señor Ricardo Romero. Lo que me gustó de la reseña fue la foto. Según el amigo Levín, hubo un lapsus interesante para el periodista pero más allá de cualquier "error" lo que está bueno es el espacio que está ganando este muchacho con sus cuentos de Tantas noches como sean necesarias. Todos sabemos que no se muere ni se vive por salir en la Ñ pero es un pequeño gesto que espero nos ayude a todos.Tribulaciones de un mago
Publicado en el diario Perfil
Suplemento de Cultura
El mago ya no quiere sacar conejos de la galera. De pronto, la mano ahí adentro, el público esperando, se da cuenta de que ya no quiere hacerlo. No es que se haya cansado de los conejos, ni que se revele contra las rutinas de su oficio. Es otra cosa. Una idea peregrina de esas que vienen de la mano de alguna tristeza peregrina. Tal vez el cuerpo que otra vez no se acostumbra a estos primeros calores de primavera, y entonces el frac es un poco más ridículo que de costumbre. O las caras de esos chicos que lo miran, esperando mucho de él, pero no lo que él quisiera que esperasen. O ese chizito húmedo que eligió entre chizitos húmedos, del plato que la madre del cumpleañero le ofreció minutos antes de empezar el espectáculo. El mago retiene la mano dentro de la galera porque la idea, la sensación, lo ha tomado por sorpresa. Los párvulos lo miran impertérritos. Diez o quince niños y un par de mayores, incluyendo a los padres del cumpleañero, párvulos ellos también. Ellos, todos, esperan al conejo. Y de pronto el mago se pregunta algo que nunca antes se ha preguntado: ¿a quién se le habrá ocurrido esto de sacar conejos de las galeras, y por qué? ¿Por qué no sacar ardillas, caballitos de mar, cuises? ¿Quién, al principio de los tiempos, estuvo primero, el conejo o el mago? Con la mano dentro de la galera de pronto el mago no puede evitar preguntarse qué pasaría si en lugar de ser niños, los que lo estuvieran mirando fueran conejos, y lo que él sacara de la galera fueran niños.
¿Y si lo que sacara fueran niños, a pesar de tener enfrente a niños? Un solo problema le encuentra a esta posibilidad, y es que le resulta poco probable que la dueña de casa acepte al niño como regalo, como seguramente aceptará el conejo. Por un segundo se imagina su departamento de dos ambientes lleno de niños no queridos, paseándose y copulando como si fueran conejos. El mago suspira, se da cuenta de que está hablando para hacer tiempo, pero no sabe lo que está diciendo. El problema no son los bien queridos conejos, el problema es que ya todo ha sido sacado de una galera. ¿Qué es lo que podría sacar, algo nuevo, impensado, insólito? Claro que hay muchas cosas que él sabe, no pueden sacarse de una galera. Un tractor por ejemplo (aunque tal vez, pieza por pieza, piensa), o las manos perdidas de Perón (una mano sacando una mano, poético pero...). Entonces se corrige, todo lo que es sacable de una galera ha sido sacado. Y esta idea que parece acabar con todo, de pronto lo ilumina. Acaba de descubrir qué es lo que puede sacar, qué es eso nuevo, impensado e insólito. Triunfante, calla. Los niños retienen la respiración, los adultos dejan de murmurar. Con un gesto ampuloso saca la mano de la galera y muestra el portento a los presentes. Los niños ríen, aplauden, abren los ojos así de grandes. Los adultos se maravillan y comentan, asienten, se dicen qué buenos padres que somos, qué buen cumpleaños le estamos haciendo a nuestro hijo. El mago estaría feliz, si no fuera por un detalle. Y es que los niños festejan y los adultos sonríen de la misma manera que lo harían si estuvieran viendo a un conejo. El mago podría vivir con eso, podría aceptar ser el único en ver con verdaderos y únicos ojos el milagro, pero mientras más mira lo que sostiene en su mano, más se acerca a comprender que su felicidad, su orgullo, bien podría sentirlo con un buen conejo, de esos que le cuesta regalar. Y entonces oculta el portento bajo su capa, y continúa con el truco siguiente. Como un eco, mientras su mente se mece entre los pasos mecánicos del acto, queda flotando una idea. Sí, tendría que empezar a cobrar más caro.
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